Los Incontados, Mapa Teatro, en el Marco de Experimenta Sur

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La primera vez que vi Los Incontados de Mapa Teatro no quería reírme, y aún así me reí. Me molestaba mi propia risa. ¿Cómo reírme de mi historia? Así que tenía que volver a ver la obra.

La obra Los Incontados empieza con el encuentro fortuito de esa cinta en la que la voz resucitada del Cura Guerrillero, Camilo Torres, dice que hay que abandonar el carnaval y empezar en serio la revolución. La seriedad que proponía el cura guerrillero como el lugar desde donde podría emerger esa revolución, sólo termino en un simulacro: simulacro de carnaval y simulacro lingüístico; la fiesta donde capos desnudan a sus invitados y músicos, donde la euforia pertenece a un guión, en el que lo único que resta por hacer es reírse, reírse de su propio infortunio y suerte, reírsele a la dignidad que nos abandonó, como también reírse de la tristeza del otro, es el lugar del simulacro del carnaval. Pero no más! No quiero reír. No más. No quiero fiesta, quiero carnaval. No quiero la fiesta del capo, ni “la fiesta” como la llaman mis estudiantes con un acento particular en el artículo singular femenino la; yo quiero carnaval. Pero no el carnaval que exporta la marca CO en Nueva York, con imágenes de su carnavalarte y su frase celebre de “Así es Colombia, ” un lugar donde “con gran colorido durante todo el año, Colombia le brinda a los turistas extranjeros un sinnúmero de ferias y fiestas por todo el país que resaltan lo mejor de la cultura de cada región.”[1] No. Pero, ¿será que en un país donde el carnaval se domesticó en la figura de la fiesta como un dispositivo de represión de la acción, de consumo de la euforia y de los cuerpos, como producto de esa marca país CO –evidentemente yo estoy haciendo una distinción entre carnaval y fiesta que no sé si al final de este texto será fructífera- se le podrá seguir pensando como ese espacio de transgresión?

El Cura Camilo apelaba a la seriedad de la revolución, en una marcada oposición entre la risa descontrolada del cuerpo y la seriedad obtusa del pensamiento. El carnaval era para el cura Guerrillero la distracción del pan y circo, la imposibilidad de pensar la miseria tras el disfraz de la máscara que se ponía el políticos y que le recordaban “aquellas cortes decadentes del Renacimiento, donde los dirigentes realizaban juegos florales, charadas y pantomimas, mientras el pueblo se debatía en la miseria.” Esa oposición ficticia en la que la revolución pareciera no tener cuerpo, ni estar hecha a partir del éxtasis de la violencia, de la fractura del cuerpo, del golpe, del latigazo, del grito y el puño, y que deja la lucha armada como última opción, era mientras tanto reabsorbida por la melancolía, entre el letargo y la euforia. Si para el cura guerrillero la revolución tenía unos medios específicos, la conciencia, el lenguaje, la comunicación y como último recurso la lucha armada, el fin era que las palabras y las cosas coincidieran, que el campesino y su tierra fueran una, que el hambre y la miseria fueran definidas no como el destino de los perezosos e improductivos sino que ellas desataran unas políticas de cambio estructural, a partir de que las palabras de los intelectuales y políticos se convirtieran en acciones. El Cura Camilo señalaba la existencia de dos subculturas cuya comunicación era imposible y Los Incontados nos lo recuerda: “para la clase alta, la revolución es subversión inmoral y para la clase baja cambio constructivo; violencia, para la clase alta, bandolerismo, y para la clase baja inconformismo;” y así, Camilo sigue con una lista de palabras donde su definición emerge a partir de una posición e intereses de clase. Pero si el problema hubiera sido tan solo la distancia semiótica de dos subculturas, tal vez Camilo hubiera tenido la razón. Pero entre la clase baja y alta hay múltiples fuerzas de deseo que deshacen categorías, donde el hampón puede ser político y el campesino poeta, donde precisamente la falta de correspondencia entre las palabras y las cosas propulsan fuerzas de resistencia y de cambio.

En Los Incontados se nos da el discurso ficticio de Escobar. Allí la revolución se torna en la revolución de la noche, en lo tropical de nuestra tierra, en una promesa que siempre hay que celebrar en la fiesta, así la promesa no se cumpla. Fiestas y excesos que prometían un destino bajo Venus y Neptuno lleno de espectacularidad, dinero fácil, para una generación de niños que fueron criados con la marcha de banda donde la fila, la disciplina, solo expresan una fiesta que se simula. No quiero reír más, no quiero justificar lo absurdo del tropicalismo en la risa que finaliza como el único recurso para entender el dolor, cuando lo único que ha hecho es producir la carcajada de aquel que se auto complace en la explotación del otro para beneficio propio.

De la A a la Z oímos a Jeihhco rapear nombres, sobrenombres, apodos, que hablan de todos y de nadie, de una historia que se debate entre la Historia con mayúscula de los victimarios y las historias de las victimas. Hace unas semanas oía la intervención de una funcionaria del Estado colombiano encargada de trabajar con victimas, y decía que éstas estaban produciendo su propio agenciamiento. Como ejemplo ofrecía un acontecimiento que sucedió con El Alemán. En una de las audiencias, una victima le preguntó al Alemán por el lugar donde podría estar su hijo, a lo que el paramilitar respondió diciendo que no sabía puesto que a muchos los habían picado y lanzado al rio. La señora responde, o al menos así lo contó la funcionaria, diciéndole al Alemán que él pudo acabar con la vida de su hijo, pero que hoy los hijos de esos picados estaban vivos. En ese momento los niños salieron a escena y comenzaron, según la funcionaria, a bailar joropo frente al perpetrador. Esta escena me revolvió el estomago. Esto es carnavalarte. La diferencia entre la fiesta del capo y la fiesta de El Alemán y sus victimas es que la de hoy, la paga el Estado con su gran mafia, que quiere a toda costa volver a Colombia un lugar atractivo para la inversión extranjera, el gran simulacro de los sectores productivos, de cada campesino como un Juan Valdez[2], y de cada victima un baile.

Pero, a su vez, es el baile de la planta de coca la que me recuerda el baile como el cuerpo suelto y resuelto a no ser atrapado. Bradley Manning, el responsable del escándalo de Wikileaks, después de dos años y medio de permanecer recluido en una prisión de máxima seguridad, tuvo su primera aparición en la corte en Noviembre del 2012. En esta oportunidad, Manning relató las duras condiciones de su reclusión. Contó que tenía prohibido hacer cualquier tipo de actividad física; así que para mantenerse en forma y sano decidió bailar. Bailar era una acción que no aparecía prohibida en los reglamentos. La evaluación siquiátrica reportó que Manning estaba actuando según su situación y que bailar y “hacer caras” era algo perfectamente normal. Sin embargo, sus carceleros lo sometían a más torturas y severas acciones disciplinarías puesto que consideraban que debían aplacar su locura con fuerza indiscriminada. El bailar resultó para sus carceleros la acción mas amenazadora, intolerable, que al no ser prohibida por las palabras de los manuales y los reglamentos, debía ser prohibida por la violencia en el cuerpo. Hoy Bradley Manning es Chelsea Elizabeth Manning, su cuerpo, aquel que baila, ha cambiado. La mata de coca corre, le huye al fumigador, trata de llenar ese espacio intimo de la sala, con materas que contienen supuestamente matas de coca. Esa invasión del espacio, le responde a la invasión del discurso que ha buscado sobredefinir la coca como cocaína. La mata de coca huye, siempre en movimiento, le huye a la cientifización del discurso, a la penalización del lenguaje, a la erotización del consumo de cuerpos; ella huye, colapsa y salta. Ella es camuflaje y mata, que detrás del baile sigue creciendo como un arbusto.

Y hoy otra vez, Mapa Teatro con Los Incontados me propone reírme, pero yo hoy bailo, a saltitos como un arbusto de camuflaje que es testigo de una guerra. No me quiero reir, la fiesta no puede ser la justificación de un tropicalismo perverso. Quiero bailar sin seguir el paso, tropezando, llorando y gritando, la locura de la sanidad que quiere decir: Colombia, no más!

 

Claudia Salamanca

 

[1] http://www.colombia.co/asi-es-colombia/colombia-todo-un-carnaval.html

[2] Juan Manuel Santos, discurso de Posesión: “VAMOS A DEFENDER AL CAMPESINO COLOMBIANO, vamos a convertirlo en empresario, a apoyarlo con tecnología y créditos, para hacer de cada campesino un próspero Juan Valdez.” Gracias a Angélica Piedrahita por la referencia.

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